domingo, 19 de agosto de 2007

Perú


Me llama Marcos, me muestra la tele y me dice que la gente se abalanzó sobre Alan García y que los milicos dispararon contra ellos. Regresé a la cama con un nudo en la garganta y me costó concentrarme en los textos de Metodología. Pensaba en la cruda realidad de allá afuera, ni tan lejos. Usualmente somos remecidos por catástofres de este tipo, naturales, que además de evidenciar el pálido rostro del sufrimiento humano y su impotencia ante la fuerza de la Tierra, la Muerte y esa cotidianidad truncada ante ese minuto en el que todo cambia; lo que más debería inquietarnos es que también, lo que se desviste ante las imágenes y los testimonios, es que una tragedia como la que azotó a Perú, recae, una vez más, sobre la humanidad más dañada. Tragedias como éstas dibujan con fuerza sobre las hojas, que nos empeñamos por mantener siempre blancas, la pobreza, la miseria, la precariedad y la angustia de ver perdidas las pocas pocas que se cuidaban celosamente y ese esfuerzo, rozando lo infructuoso, por sobrevivir. Un terremoto en Perú trae a las portadas del mundo entero ese paisaje desolado, trae a Amaro Gomez-Pablos caminado sobre los escombros, pero, sobretodo trae al ahora el rostro herido, moreno y cansado de la desigualdad. La pobreza latente y repartida pero oculta a de la luz mediática, social e incluso de la propia, que tanto gusta de rehuir a la brutalidad real, de los ojos de quienes no funcionan en este mundo tan pretendidamente moderno y globalizado.

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