martes, 8 de enero de 2008

Jazz, Bataille y soledades.

Uno no percibe la discontinuidad que subraya Bataille hasta que decide no seguir engañándose. Sin pecar de abuso con respecto a toda clase de spoilers acerca de un libro que no he terminado siquiera, basta con leer la introducción y comprender que advertir la incapacidad de compartirse uno mismo con alguien es perturbadora.
Algo así hablé la otra noche y sucede que ahora sí puedo palparla; esa ansia de continuidad es posible de ser agotada a través de la muerte, según Bataille, a través de la muerte asociándola a la experiencia erótica. Pero yo no quiero pensar en la muerte, no funciona esa palabra y ni en su fuerza de realidad en mi vida ahora mismo, porque es vida, simplemente es vida. Hay vida y deseos de vitalidad en todo lo que hago, aun en ese deslavado adiós escrito en mis hojas amarillas. Extrañar será un sabor quizá cotidiano.
Escucho clásicos de jazz mientras pasa la hora del calor, duermo siestas embrigantes que me dejan aún mas adormilada. Lloro un poco, suspiro un poco. Y sonrio el resto.

Somos seres discontinuos, individuos que mueren aisladamente en una aventura ininteligible; pero nos queda la nostalgia de la continuidad perdida. Nos resulta difícil soportar la situación que nos deja clavados en una individualidad fruto del azar, en la individualidad perecedera que somos. (...)
Trataré del erotismo de los cuerpos, del erotismo de los corazones y, en último lugar, del erotismo sagrado. Hablaré de las tres a fin de mostrar claramente que se trata en todos los casos de una sustitución del aislamiento del ser —su discontinuidad— por un sentimiento de profunda continuidad. (George Bataille, "El Erotismo", p. 11)

1 comentario:

Anónimo dijo...

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